© 2009 Txema Rodríguez

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Antonio

- 12 mayo, 2009

La belleza desnuda de las cosas, la mirada íntima y a la vez universal.
Escribo estas líneas escuchando a Antonio Vega. Como en tantas otras ocasiones en que sus manos huesudas trazaban esos precisos acordes en la acústica, como en los innumerables momentos en que su voz parecía absorber el aire para quedárselo. No existe un sonido similar al de su garganta, envuelto en una ternura descarnada, abierta; la de alguien que nunca sintió vergüenza de mostarse. La de un hombre que entró en mi vida (como en la de tantos otros) con una patada en el corazón.
La cercanía. Antonio es de la familia. Alguien sobre quien he hablado mucho. En especial con mi amigo Rafa (que es capaz de querer a una piedra) y que dio muchos tumbos y sufrió muchos escalofríos tras las canciones de este ser único.
La palabra {cómo expresar} {cómo evitar el tópico}. Es la hora de aprender. Hay que hablar de lo que se ama.
Recuerdo a las niñas cantando con él, un día tras otro, una tras otra.
Recuerdo a su primo Nacho diciéndome que la fortaleza de Antonio nos enterraría a todos.
Recuerdo tantos días.
Y siento amor, una sonrisa que sobrevuela las lágrimas.
Un brillo que me hace mejor.
Un deseo.

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