© 2013 Txema Rodríguez

Color

Cuaderno de Ikaria

- 11 agosto, 2013

Comienza con un movimiento leve del agua, un brillo apenas visible, una pequeña variación en la superficie donde el rayo de luz se transforma en un punto blanco.
Las aletas trazan caminos fluidos.
Las anémonas.
Aparecen aquellas palabras. Como átomos en un caos de algas y filamentos.

Comienza con un roce suave de telas y dedos, la separación de un cabello del resto (imagina el sonido de un párpado al bajar, el calor que desprenden las palmas de la mano, el pliegue de la piel recogiéndose sobre una mancha cálida). Cuando afrontas la imposible labor de describir el tenue ritmo del agua. Las cintas blancas y azules ondean en la puerta de la capilla, las caracolas se golpean y enredan en el cordel, las pequeñas estrellas de mar aguardan entre los dedos de los niños y su tacto es húmedo por el calor del verano.
Comienza con mi regreso del abismo.
Un insecto palo, la anguila mordiendo mi dedo índice, el anzuelo clavado en la palma de la mano.

Un cuerpo descansa inerte sobre los sedimentos, donde las voces llegan distorsionadas.
Una vena se agranda con la presión. Aparecen aquellas palabras pero es tarde.

Hombres de uniforme remueven el suelo con sus botas.
Es la hora de las cuentas con la justicia, el infierno solo se ve bien desde el paraíso.
Mis días se asoman al medio siglo.
Comienza con una aguja a través del lino. Regreso al lápiz y al papel.

Un animal desconocido grita desde el fondo del olivo.
Ella come chocolate. Las ramas golpean mis pies descalzos.
Un gato juega con una sardina asada. Una mujer persigue a un niño por la playa con un plato de comida.
Es ahora, sobre una piedra de Seychelles, junto al perro dormido y la vieja llegada en un barco cargado de neveras.

El mar trae música. El joven se lanza desde la roca. El viento curva las sombrillas. Tiene lugar aquí, en esta isla.

Comienza con un movimiento leve del agua sobre las cenizas de las alas, en el hueco dejado por el ángel. En su nombre, en su tumba húmeda y profunda.

Una bomba de agua eleva el alimento a las plantas de un hotel. Un hombre sorbe café.

En su nombre se crean los cedros y los escarabajos, se sacrifican animales cuyas pieles cuelgan de un balcón en una polvorienta gasolinera. Asoma un niño. Saluda con la mano. El vellón tiembla cubierto de avispas. En el angosto camino se detiene el hombre y me habla. Fue marinero, dice.

En su nombre se detienen los motores y las jóvenes lanzan cintas al agua, cruces azules y blancas, esqueletos de pequeños peces, piezas rotas de vehículos abandonados.

En este momento la cámara de fotos es poco útil. Todo es sencillo, preciso. La espuma rompe contra la piel de las cabras. Arrastra rodajas de pepino y sal. El hombre ahora vive en América, en Santa Rosa, dice, al norte de San Francisco.

Se mueve el polvo de camino sobre perros atados en el arcén. Un turista mastica melón ante el disco rojo del poniente. Los cuerpos sin alas flotan en el cielo. Tiene lugar aquí, en el reino de las cabras, en la tierra retorcida donde los dioses viajan en vespino y calzan chanclas.

Y aparecen aquellas palabras. Como átomos en un caos de algas y filamentos.

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Agios Kirykos

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Seychelles

Faros

Faros

Faros

Faros

Agios Kirykos

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Yaliskari

Yaliskari

Yaliskari

Yaliskari

Yaliskari

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Armenistis

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Mesahti

Mesahti

Mesahti

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Armenistis

Armenistis

Armenistis

Armenistis

Armenistis

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Nas

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Ag. Isidoros

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Karkinagri

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Karkinagri

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Larise

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Kastanies

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Monti Theokristis

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