El amor diez veces

You’re just too good to be true
Can’t take my eyes off you

Bob Crewe/Bob Gaudio

En el horizonte se suceden las huertas y los ladrillos, salpicados con gracia desigual, con una luz extraña de nubes veloces y aire fresco. Porque, dicen, viene un frío muy frío. Y esta vez la cosa va en serio. En el patio de esta casa de Meliana, a resguardo, en el centro, un joven limonero muestra sus frutos. Poco a poco van llegando hasta ella las parejas, hasta completar cinco. Que hacen diez. Elvira y Vicente, Conchín y Miguel, Mari y Antonio, Vicente y Teresa, Carmen y Antonio. Es el día de San Valentín, ese invento dedicado al amor. Sobre la mesa han dispuesto diez cubiertos para la sencilla comida, un bocadillo mediano de atún, huevo cocido, tomate, lechuga, mayonesa y alguna cosa más. Mejillones, patatas fritas y almendras tostadas. Algo sencillo. A resguardo, como los limones. En un lugar al que sólo llega el sol y no ese viento que, dicen, precede a un frío muy frío. Aunque no tan excepcional como este caso, el de los diez, el de las cinco parejas. Ellas son amigas desde niñas (vecinas de Almàssera) y ellos adolescentes compañeros de trabajo, botones en el Banco de Valencia, donde comenzaron entre los años 1954 y 1956. Un día los cinco las conocieron a ellas y al revés. Y  ellas se fueron enamorando de ellos y al revés hasta unir los diez destinos en grupos de dos. Y de diez. Y de uno. Y así hasta este día de San Valentín. Unos sesenta años después. En el que se sientan a comer sus bocadillos especiales y a charlar de esto y aquello. Como en cada cumpleaños, santo o fecha que se preste.

De izquierda a derecha: Tere, Vicente, María Eugenia, Antonio, Elvira, Vicente, Conchín, Miguel, Carmen y Antonio.
De izquierda a derecha, Tere, Vicente, María Eugenia, Antonio, Elvira, Vicente, Conchín, Miguel, Carmen y Antonio.

En aquella Pascuas de 1956 los muchachos partieron en pandilla en busca de chicas con las que poder pasear y comer la mona en un barranco. Eso en el mejor de los casos. Eso si la misión se cerraba con éxito. Eso lo hacían todos los muchachos y muchachas en Pascua. Subirse a un tren, ir a otro barrio, a otro pueblo. O esperar a los que llegaban. Los cinco botones fueron embarcados con rumbo a Almàssera por un compañero de faena, Miguel Borrás, conocedor de la existencia de grupos de jovencitas, niñas en realidad, que entretenían la curiosidad del primer suspiro romántico dando vueltas por la plaza del pueblo. Y así, en aquel cacharro que se deslizaba como un león herido sobre un manto de naranjos y lechugas, llegaron a su destino, arreglados y limpios, la mitad de los protagonistas de esta historia a los que Borrás, cumplido el papel de celestino, abandonó a su suerte, en aquel lugar remoto de una huerta poblada ahora por urbanitas que anhelan cultivar sus propias ensaladas. Y así, lentamente, al principio eran ellos y otros, y ellas y otras, hasta ser solo cinco y cinco, que hacen diez. Y así fueron se fueron tejiendo unos lazos invisibles entre “Las Bichi” y “Los Palomos”, los nombres de cada pandilla, con cada paseo, cada charla, cada película, cada baile diurno y vigilado, tren arriba y tren abajo, durante días y meses hasta que llegó la primera carta de amor, una escrita por Vicente a Tere, que las cinco fueron a recoger a la estación sin saber la identidad de la destinataria. Las redes sociales de la época. Una declaración en papel en manos de un intermediario y diez ojos ávidos leyendo esas letras en un andén. Y así.

El grupo es un coro sin director ni partitura. Una máquina de revivir recuerdos nítidos y borrosos. Al principio por la distancia y al final por los achaques de la edad. Por esa ligera nube hecha jirones que oscurece las hojas del árbol, la certeza de que un día no muy lejano serán nueve, y luego ocho, y luego siete. Ese día en el que faltarán manos en este mecanismo colectivo de precisión amistosa, en esta cadena de montaje sin averías graves durante sesenta años. En este reloj sencillo de muchachas agolpadas en torno a un papel y a una serendipia. Porque de todas las amigas Tere era la que menos gustaba a Vicente. Tanto que un día, en el cine, muy a su pesar, ella se sentó a su lado. Tanto que al principio se enfadó. Pero luego, con la conversación, comenzó a verla lista y hermosa y salió de la sala enamorado para siempre y sin saber qué película habían ido a ver. El resto de parejas se fueron formando con el tiempo, con el inconveniente o la ventaja de que todos sabían quién se iba a declarar a quién. Y cómo. Y cuándo. Hasta que de aquella inocente confusión de los inicios sólo quedaron dos sin pareja, unidos por las decisiones de los otros. Carmen y Antonio no pudieron elegir, pero nadie lo diría. Y ya fueron cinco y cinco, que hacen diez, novias y novios de aquellos tiempos en los que casi todo era pecado, en los que habían de aguardar, vírgenes e intactos, años y años, hasta el día señalado para la boda. De manera que pasaron juntos esa prueba, ocho o nueve años. Hasta 1963, cuando Elvira y Vicente inauguraron la temporada de esponsales que cerraron Carmen y Antonio tres años después. Caminos paralelos en los que fueron creciendo. Ellas se hicieron mujeres y ellos hombres; ellas ya no intercambiaban los bocadillos en los escalones de la torre de la iglesia y ellos ya no repartían cartas en una bicicleta. Llegaron los ascensos, los hijos, la compra de un piso por aquí, o de un coche por allá, los colegios, bautizos, comuniones y otras fiestas de guardar. Todas y cada una de ellas. Y siguieron juntos en cada celebración, en cada santo, cumpleaños o aniversario. Cada día en una casa. Paella al aire libre. Bocadillo bajo techo. Y pasteles de boniato que hoy son de cabello de ángel y tienen forma aproximada de corazón. Por San Valentín. Hablan del respeto hacia los otros. También del modus operandi. Todo se paga siempre entre todos con independencia del motivo de la reunión a fin de mantener la igualdad sin diferencias del grupo. De que no suelen mencionar la política. Hablan de los viajes que hicieron juntos para celebrar las bodas de plata de cada pareja. Y de otros. De Italia, Madrid, Fuendetodos, el nacimiento del río Cuervo, Tenerife y Lanzarote. Del París de los años setenta en el que Marlon Brando untaba con mantequilla el trasero de Maria Schneider, aquella sensación liberadora del pecado libre de culpa, del exceso permitido tras años y años de duro trabajo. Y un poco porque se les fue la mano y ahorraron más de la cuenta, a razón de mil pesetas al mes durante muchos meses, hasta llegar allí y ya no saber en qué gastar tanto dinero, en qué cabaret, teatro o restaurante.

Pasan las hojas repletas de fotos. Los ingredientes de los bocadillos reposan ordenados por un prusiano en el banco de la cocina. Las mujeres hablan de los hijos y los nietos. Los hombres de lo fácil que resulta ahora organizar estafas a gran escala. Se han formado dos círculos de cinco. Hablan despacio, con una calma inmutable. El sol golpea el patio de cemento. Se mezclan las diez vidas hasta formar una, como las conversaciones, el primer ordenador de 64K que ocupaba una habitación, aquel día en que íbamos a Eslida y yo estaba embarazada y llevaba un pollo vivo entre las piernas, las tarjetas perforadas y las operaciones de millones que se hacían por teléfono, la peluquería, si vimos o no vimos a Norma Duval, el apalancamiento, fulanito que hace tanto que murió y alguien no se había enterado. Y los limones. Que siempre se reparten.  Y los pasteles de cabello de ángel con forma de corazón que me llevo de regalo, sobre la palma de la mano. Con los que subo al tren, donde no hay grupos. Sólo almas solitarias mirando unas pantallas. Donde una voz anuncia: “Próxima parada: Almàssera”.

Conchín y Miguel
Conchín y Miguel
Vicente y Elvira
Vicente y Elvira
Vicente y Tere
Vicente y Tere
Antonio y María Eugenia
Antonio y María Eugenia
Carmen y Antonio
Carmen y Antonio
Las cinco parejas, de cena en el Moulin Rouge en los años 70
Las cinco parejas, de cena en el Moulin Rouge en los años 70
Los inicios laborales de ellos, como botones en el Banco de Valencia
Los inicios laborales de ellos, como botones en el Banco de Valencia
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