© 2019 Txema Rodríguez

Blanco y negro / Blog / Lugares

El río del olvido

- 16 agosto, 2019

Diario desordenado de un viaje a ningún lugar en concreto, paisajes de mi infancia y también del inesperado futuro

Que tu memoria sea mi casa

Edmond Jabès. El libro de la hospitalidad

Un caballo blanco golpea con su pezuña el agua. Tiene el número 69 marcado a fuego en el cuello y su amazona se llama Helene. El lusitano obedece y juguetea en el río, se llama Epá, que en portugués es algo así como «compadre». Al otro lado una escultura recuerda al general romano Décimo Julio Bruto. También montado en un corcel blanco llama a cada uno de sus soldados por su nombre después de cruzar a la otra orilla. Las tropas creyeron ver en el Limia el Lete, uno de los ríos del Hades, que borraba la memoria de aquellos que lo atravesaban. Al cauce en este tramo portugués se le llama Lima.

Helene con su caballo jugando en el agua del río en Ponte de Lima.
Río Lima. Helene con su caballo jugando en el agua del río en Ponte de Lima.

Por la noche despierto recordando unas palabras. He llegado a estos lugares siguiendo a mi pasado, trazando una especie de círculo imaginario. Hay muchas cosas que no logro explicar, conexiones terrenales algunas. Otras más profundas, eléctricas, primitivas como el agua. Supongo que soy uno de los temerosos soldados romanos que se resiste a cruzar al otro lado. Nací en un río paralelo a éste, un puñado de kilómetros más al norte, en la frontera, porque mis abuelos atravesaron el agua para olvidar. De modo que una especie de tormenta de cromosomas se agita en mis profundidades cuando respiro este oxígeno. Me gustaría traer a mi madre al río. Ella ya no tiene recuerdos pero puede crearlos nuevos a cada minuto. El temor a perder la razón me obsesiona, no lo puedo evitar. Las palabras que no vienen a mi memoria en la oscuridad son las de alguien que habla sobre el pasado, que dice que es nuestra única pertenencia. Creo que es una frase de uno de los personajes de Retorno a Brideshead, da igual. Me gusta viajar sin rumbo pero con un objetivo indescifrable. Darme cuenta, una vez más, de que los lugares están dentro de mi incluso antes de verlos, de que a mi llegada ocurren acontecimientos imprevistos, mágicos, que siguen un guión que solo yo conozco en el momento de ser relevado, como un manantial subterráneo de vida que brota a mi paso transformando el paisaje y a los seres que lo habitan.

Santa Tecla. De niño me recuerdo observando este maravilloso castro celta. Nací a sus pies, montaña abajo. Era un lugar mágico y envuelto en una bruma eterna, una nube translúcida que te mojaba la piel. Cómo vivirían aquellos seres mágicos, siempre en las alturas, dueños del paisaje, qué pensarían ahora al ver sus hogares arrasados por el turismo y la barbarie.
Cañón del Sil. Paisaje desde el Castro da Cividá.

Solo noto una ligera brisa fría en la cara. Abajo el agua se hace oscura, envuelta entre muros de granito, inalcanzable, plácida, solitaria como yo. El paisaje me impresiona porque no se puede fotografiar, no cómo se percibe con los sentidos. Me atrevo con los humanos pero me siento desarmado ante la naturaleza de la que también formo parte, en la que busco remedio para ese dolor que siempre me acompaña y ante cuya batalla tal vez fracase como tantos otros lo hicieron antes. Cómo dejar constancia de tanta belleza en la era del estúpido selfie, cómo expresar la humildad en esta sociedad entregada al narcisismo. Nadie mira de verdad. Nadie ve. Eso me inquieta y en ocasiones me enfurece. Me sitúo tras un pino que me gusta y deseo ser él, permanecer aferrado a una tierra, tener un lugar. Siempre queremos un destino distinto, ser un árbol con vistas a un río.

Infancia. Un niño en un tren con destino a Oporto.
Refóios do Lima. Él recoge unos gisantes mientras ella observa apoyada en el muro de piedra. Se quejan de que los extranjeros pasan caminando y apenas saludan. Hablamos de dinero, que es la conversación favorita de los humildes. De lo que da y de lo que quita, de la salud, el calor y esas cosas de las que se charla en los caminos. Son dulces y amables, hermosos, duros como tantos seres a los que conocí de crío, de manos ásperas y vidas encerradas en un único paisaje.

Un cangrejo intenta morder mi pie izquierdo y la lluvia cae a rachas violentas. No está y de pronto te golpea el rostro como un enemigo invisible. Vuelven con ella las presencias de otros momentos, aquellas personas y animales a los que quise. Los siento en mi interior, junto al río. También monté un caballo, al que llamábamos Rubio y que como yo tropezaba mucho sin llegar nunca a caer. Cierro los ojos y escucho sus cascos penetrar en la arena, rozar los cantos de las piedras húmedas, siento su respiración, la nube blanca y caliente que brota de su boca como una chimenea, el olor de su crin dura y castaña, sus vértebras y costillas entre mis piernas. Siempre tuve buena mano con los animales y los quise y los quiero. Me lo recuerdan los familiares al volver a la casa de mi infancia donde ya no queda espacio para ellos aunque permanecen los corrales que habitaron. Todo parece tan real y, a la vez, tan lejano. Ver los adoquines cubiertos de cemento, el camino sembrado de chalés pretenciosos, los turistas. Las habitaciones vacías. Cuando volvemos a los lugares queridos tendríamos que tener alguna caja que desenterrar. O un río que borrara nuestra existencia mientras nadamos en él.

Viana do Castelo, santuario de Santa Luzia. Mandado erigir por un capitán de caballería al que desde el más allá le solucionaron unos problemas en la vista. Allí también, con una panorámica privilegiada, se asentaron los celtas. Y nacieron tres de mis abuelos, que es lo menos relevante.

Creo que no me importa mucho qué piensen los demás sobre mi. Aunque me gustaría dejar escrito, por si alguien opina que soy demasiado intenso, así se dice ahora, que necesito ver la vida de este modo. No es una elección, ni resulta sencillo. Permanecer al margen tiene sus ventajas e inconvenientes. Ver, no sólo mirar, requiere un esfuerzo agotador. Intentar explicar la realidad desde mi lógica me asusta porque aquellos que no me conocen me causan reservas. Son difíciles estos tiempos de eterna niebla densa. Paradojas de los viajes. Una capa blanca de aire húmedo cubre la vista del lugar en el que viene al mundo y lo mismo ocurre en la tierra donde lo hicieron mis antepasados. No quieren ser vistos ni mostrados desde las alturas, desde esas atalayas pobladas por hombres y mujeres de la Edad de Hierro, gente independiente y arrogante.

La hermosa Oporto. Abarrotada de turistas ávidos de selfies y postales, No puedo dejar de pensar en los nuevos usos del arte, transformado en este tiempo en un fondo cuqui para un story de Instagram. Nadie ve, tan sólo pretende ser visto. Nadie analiza con sus propios ojos sino con la presunción de la mirada ajena.
Lindoso. Algunos vecinos esperan a que termine la misa para iniciar la procesión en la que, bajo un humilde palio, el Santísimo Sacramento recorre las calles del pueblo.
Lindoso. La experiencia me resulta extraña. Soy el único espectador, el único fotógrafo, el único testigo. Es un viaje en el tiempo, a un lugar sin deseos de figurar. Una banda de música precede a la comitiva religiosa y tras ella marcha andando en silencio todo el pueblo. Sólo el sonido de tambores y trompetas, nada más. Me doy cuenta de que sin mi presencia este momento no quedaría registrado y también de que les importa un pimiento, que todavía quedan lugares en los que se mantiene la trascendencia de vivir el momento más allá de la superficialidad de aparentar haberlo vivido. Creo que también están habituados a que los foráneos vengan sólo a ver su castillo y su maravilloso conjunto de espigueiros.

Recuerdo un verso de Rilke. Dice que «la casa del pobre es igual que un sagrario«. Y una frase de Canetti, del Libro contra la muerte. Dice «¿Desde cuándo eres viejo?. Desde mañana». Y un fragmento de The One Inside de Shepard. Dice «Eso significa que todos vivimos en el futuro porque estamos presenciando como el presente se convierte en pasado». Fuera sólo se escuchan los cencerros unos cencerros. Huele a mierda de animales y sus cagadas, con forma de perros, vacas y ovejas, trazan un lienzo expresionista. Forman parte de la vida de un modo radical, tanto que nadie se formula preguntas sobre ellas, porque es lo que hay; los perros cagan, las vacas cagan, las ovejas cagan. Y aquí estoy en un pueblo pensando en poetas mientras procuro no pisar nada blando. El lugar se llama Requeixo de Chandrexa de Queixa. Fácil de memorizar. 15 habitantes. El agua es transparente y sus montañas verdes. Hubo quien trabajó en París durante años y volvió, y quien nunca logró salir de aquí. Desde la montaña no se otra vida que la brisa meciendo la retama y el brezo. La pendiente me deja sin aliento. Fotografío las formas de las casas, los caminos, el granito brillante rico en mica. Quiero permanecer aquí y respirar. Olvidar todos los versos. Ser un hombre silente.

Requeixo. Eso que llaman la España vacía.
Requeixo. Dos perros, padre e hijo. Algunos de los escasos habitantes del pueblo, un día de Agosto, apenas una conversación de unos minutos. Un mundo que desaparece, que vemos desaparecer, que morirá como una flor bajo la nieve.

Y aquí algunas fotos más, por si no bastaran las anteriores.

Prev Post:

Saïdia