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Fire and Brimstone

- 4 junio, 2018

James Rhodes

James Rhodes

I think I am not as brave as James to speak about painful episodes. Maybe yes, but in a different way. I cannot imagine public opinion’s spotlight overflying the painful details of the childhood wounds that framed my world, the blows that scarred me.
There was also a piano (I was good at it, I was good at everything), but soon I learned to dodge the pianist. You know what I mean. And many books, big, strenuous for my age: come and see for yourself, the child prodigy.
Dante, Petrarca, Homero, Blake, Tomás de Aquino.
There was also someone who had the keys of the library and reminded me that the path to hell was certain if I made a wrong reading choice and that the fire of purgatory scorched the gifted faster. You know what I mean.
James is sitting in front of me, speaking his sh*t and his flowers.
We both have a tattoo in the inner right forearm. His tattoo says ‘Rachmaninov’, mine says ‘The meaning of life is seeing’, a phrase summarizing what I know and what I fathomed at the end of the last and worst of my depressive episodes.
Fire and brimstone. Beautiful if it doesn’t swallow you, leave your heart speckless, displaying life like few get to see it.

So I watch James (I am good at it, it’s my job) and I resonate with many of his ideas, which I share. Maybe the strongest is escaping drama.
The camera offers a clear cut image of his personality. His features reflect an inner radiance, which I am usually able to pinpoint in those who I connect with. A spark that links all of us who once hit rock bottom.

Fuego y azufre

No creo que tenga el valor de James para hablar sobre episodios dolorosos. O tal vez si, pero de otro modo. No imagino toda esa atención pública sobrevolando los detalles de las heridas de la infancia sobre las que construí mi mundo, los golpes que me marcaron. También hubo un piano (se me daba bien, todo se me daba bien) pero pronto aprendí a evitar al pianista. Supongo que me explico. Y muchos libros, grandes, difíciles para mi edad, vengan a ver a este asombroso niño, Dante, Petrarca, Homero, Blake, Tomás de Aquino. También hubo alguien que tenía la llave de la biblioteca y me recordaba que el camino al infierno era seguro si elegía mal mis lecturas, y que las llamas era más grandes para los mayores talentos. Creo que se entiende. Tengo a James sentado ante mi, hablando de sus mierdas y de sus flores. Los dos llevamos tatuada la parte interna del antebrazo del brazo derecho, en el suyo dice “Rachmaninov” y en el mio “El significado de la vida es ver”, una frase que resume todo lo que sé y lo que vi al final de mi última y peor depresión. Los infiernos tienen esa belleza si no te atrapan, te limpian el corazón y te muestran la vida como nadie la ve. Así que miro a James (se me da bien mirar, es mi trabajo) y reconozco en él muchas ideas que comparto. Tal vez la más fuerte sea huir del drama. La cámara me devuelve una imagen nítida de su personalidad, su rostro parece brillar con una luz que emana de su interior, ese algo que ya sé reconocer en los seres con los que conecto. Se trata del destello de une a quienes, en alguna ocasión, hemos tocado fondo.

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Adela