Noche de maravillas

El encanto de la poesía contemporánea radica en la absoluta arbitrariedad de la imagen.

E.M. Cioran. Cuadernos

Iván “El Terrible” Grynyuk contra Román “El Matador” Vardanyan
Iván “El Terrible” Grynyuk contra Román “El Matador” Vardanyan

Arthur Cravan (sobrino de Oscar Wilde, poeta, aventurero, desertor serial, ladrón de joyas, recolector de naranjas, leñador, indigente, errante profesional, director de una revista de corta tirada y aún más corto recorrido y boxeador) escribió que él llenaba sus guantes con rizos de mujer. Así respiraba este devoto del culto a la Santa Suerte y así le pega el título Noche de maravillas que le dieron a una velada de boxeo en Sedaví, Valencia. Nunca antes había fotografiado un evento pugilístico.

Volviendo a Cravan: Se subió al ring (entre otros) con Jack Johnson, a quien Miles Davis dedicó un disco que invito a los que aquí recalan a escuchar esta tarde plomiza como banda sonora de esta crónica. Les recomiendo leer todo lo que pillen de este personaje. No fue el mejor boxeador sobre la tierra, pero su vida le da sopa con ondas a la del bulto de los aventureros. Esa vida terminó en un acto de desaparición tan extravagante como el resto de su periplo. En la costa mexicana, en un bote de su propia factura: un suicidio dadá y ecológico del que nadie tuvo que limpiar los restos.

Leí en alguna parte que la literatura y el boxeo son dos maneras de escupir. Soy una persona más bien asténica, a quien el conflicto y la violencia provocan angustia o urticaria. No deja de sorprenderme el modo en que mi cámara me lleva a lugares a los que de otro modo nunca iría. Una amiga me animaba afirmando que el boxeo es fotogénico. Resultó serlo. A pesar de la luz mortecina, de la atmósfera entre agria y triste que siempre tiene esta clase de espectáculo. Después de todo, quien se sube al ring se apunta a una demolición. Sólo hay que hacer recuento de la cantidad de metáforas de acabamiento que se extraen de la jerga pugilística. KO. Contra las cuerdas. Besar la lona. Estar sonado. Más dura será la caída. No hace mucho Poli Díaz entró en un hospital herido de arma blanca. Tenemos la memoria de imágenes desoladoras o líricas, derechazos, golpes mortales, orejas arrancadas, narices rotas, combates amañados o sentenciados desde la primera campana. Aunque jamás hayamos asistido a un combate. Gloria breve a cambio de la ofrenda de un futuro en cuenta regresiva. El cine y la literatura nos las han sembrado en la cabeza e incluso quien no cuenta entre sus experiencias haberlo vivido a dos metros de distancia, entre gritos linchadores, lluvias de saliva, sudor, sangre y testosterona, puede hacerse una idea bastante aproximada de en qué consiste el divertimento. Hemingway entendía la existencia como un cuadrilátero. Como muchos otros escritores boxeadores, tenía ese concepto brutal, primitivo y mistificado de la lucha cuerpo a cuerpo y todo lo demás nada. Aún recuerdo algunas fotos suyas, contemplándose en un espejo con todo el azogue visible, con los guantes puestos. Buenas fotos, por cierto. Buenas fotos con una luz tan perra como la de anoche. Es que el boxeo da para tanto. Imaginemos a Joan Miró arbitrando a Hemingway y a Scott Fitzgerald o a John dos Pasos. O al torero Joselito boxeando con Jack Johnson, gran admirador suyo y de Belmonte. La definición de algo sagrado para Hemingway incluía liarse a golpes. Las crónicas pugilísticas de Norman Mailer están entre lo mejor de su literatura. Hubo tambiénmuchos cronistas fascinados: Conan Doyle y Jack London son gloriosos añadidos a la lista. Cortázar fue uno de ellos: “La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut” escribió. En cierto modo, esta idea se aproxima bastante a mi sentido de una buena foto.

La noche de Maravillas anuló mi noción de tiempo, puso a prueba el instinto de la luz, consiguió impactarme en un sentido más primitivo que literario, y sobre todo, me regaló imágenes extrañamente emotivas. Asientos vacíos. Melancolía de mandíbulas desencajadas, el furor de la crisis encontrando una excusa para reclamar a aullidos un próximo y letal round sin concesiones. Golpe a golpe. Cuerpos hipertrofiados suspendidos en el aire. La chica del cuadrilátero, con su poco de celulitis, sus tetas operadas y su piel de frío. El hombre que amenizaba el combate hojeando distraído un calendario de tías en bolas (en realidad, las madres de un colegio que se han despelotado para recaudar fondos que compensen los recortes educativos), la camisa demasiado holgada y demasiado blanca del árbitro, los dragones tatuados, los cinturones altos, la sangre, el agua y litros de sudor en la lona. Todo tan Yesternow, pero a las revoluciones equivocadas. La cartelera de la velada próximamente despellejada por la lluvia y del crudo presente, el próximo round. Quizás esa cascada de extensiones oxigenadas en el fondo de un guante armenio.

Un juez en su silla
Un juez en su silla

 

Iván "El Silencioso" Ruiz contra Daniel "El Chinito" Martínez
Iván “El Silencioso” Ruiz contra Daniel “El Chinito” Martínez

 

Iván "El Silencioso" Ruiz
Iván “El Silencioso” Ruiz

 

"El Chinito" besa la lona
“El Chinito” besa la lona

 

Iván "El Terrible" en el rincón mientras el árbitro efectúa la cuenta de protección a su rival
Iván “El Terrible” en el rincón mientras el árbitro efectúa la cuenta de protección a su rival

 

El sudor cayendo sobre mi
El sudor cayendo sobre mi

 

Cuidados
Cuidados

 

Excedente de carne
Excedente de carne

 

El calendario solidario
El calendario solidario

 

En el rincón
En el rincón

 

Primeri asalto entre las piernas del árbitro
Primer asalto entre las piernas del árbitro

 

Brillo sobre el guante
Brillo sobre el guante

 

Contacto
Contacto

 

Mamadou Pascua
Mamadou Pascua

 

Carlos Alberto “Tyson” García
Carlos Alberto “Tyson” García

 

El escenario
El escenario

 

Último episodio
Último episodio
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