© 2013 Txema Rodríguez

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Vis-à-Vis

- 23 junio, 2013

Prisión de Picassent. Valencia
Este trabajo es el resultado de mi convivencia con un grupo de presos condenados, o a la espera de juicio, por todo tipo de delitos. Unos culpables y otros inocentes. Unos graves y otros leves. Un intento de explorar las posibilidades de la fotografía como medio para lograr que se vieran a si mismos y a los demás como seres humanos que merecen ser amados. Les enseñé lo que pude, intenté que apendieran a mirar. Esta experiencia entre rejas cambió mi vida en muchos sentidos.

 

UNA EXPLICACIÓN

La pregunta

Si durante un instante, lo que ocultamos a los demás fuera captado en una única imagen, si una mirada tuviera el poder de desnudarnos y exponernos como realmente somos cuando nadie nos mira, si fuéramos absolutamente transparentes durante una hora, si esa hora fuera la última hora de nuestra vida junto a otro ser humano, si no tuviéramos miedo o, por el contrario, nos sintiéramos a merced de algo o alguien hasta en lo más básico de nuestra identidad ¿Qué o a quién veríamos? ¿Cómo querríamos ser vistos?

La invitación

Lo único que puede aprisionarnos es una imagen mental de quienes creemos ser, no de quienes somos realmente. Si nos vemos y vemos a otros como libres, fuertes, esencialmente buenos, dignos de respeto, escucha, apoyo y afecto, la percepción nos libera, nos fortalece, nos devuelve la voz, nos convierte en amantes y asigna un significado compasivo a nuestros errores.

A menudo, la mirada es más capaz que cualquier otro discurso o medio de transmitir toda esta información a través de un único cuerpo de mensaje. La mirada abandona el ojo, habla, siente, escucha y posee las reparadoras potencias del tacto. Pero ¿Cómo miramos? ¿Cuánto tiempo podemos sostener una mirada? ¿Cuándo esa mirada deja de ser diálogo para transformarse en arma, coraza o juicio sumario?

Un retrato es una invitación a entrar con alguien en un espacio íntimo. En una habitación de hotel. En una habitación de hospital. En una sala de comunicación. En una celda de vis-à-vis. Entrar para sostener la mirada y averiguar el momento exacto en que deja de serlo para ser otra cosa. Entrar para averiguar quienes somos realmente.

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El voyeur

El acto contemporáneo de mirar se protege cada vez más de la mirada recíproca, obteniendo su placer de una posición fugaz, distanciada y aséptica. Está asociado a conceptos mórbidos y controvertidos. A menudo es la revelación de un deseo proyectado. No se involucra, no se compromete, no asume responsabilidades, no experimenta la intensidad de la empatía, ni se encara con su propia ambivalencia.

El panóptico

Vivimos bajo el minucioso escrutinio de ojos vigilantes, hechos a las cámaras de seguridad y los circuitos cerrados. Estamos inmersos en la cultura del reality. La sobreexposición, el acecho visual y el fisgoneo convierten en admisible e incluso deseable la experiencia de lo que Michel Foucault, en Vigilar y Castigar, define como la misma esencia del régimen carcelario.

La arquitectura se piensa en función de la vigilancia. Lo público es ahora lo privado. Hemos perdido en gran medida la capacidad de prestar atención total a lo que vemos. No miramos, porque mirar es asignar al acto de ver una carga emocional más o menos consciente y eso nos implica. Confundimos la fotografía y lo fotografiado. La vida cotidiana hace las veces de cárcel como un vasto campo de fuerza visual. La imagen nos define, nos limita, nos mutila, pretende acercarnos a la perfección. Nos separa en nombre de la promesa de conectarnos. Crea una ficción de realidad que es lo que al final vemos. Nos hace guardianes y a la vez rehenes de la mirada del otro.

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Vis-à-Vis

En prisión, la mirada y el semblante ocupan el lugar del contacto físico en la comunicación semanal autorizada a través de cristales de locutorio, del mismo modo que los matices de expresión no verbal y el lenguaje corporal en los encuentros íntimo o familiares permiten a los de dentro y a los de fuera reunir datos intuitivos sobre ambos mundos, en un marco vincular.

En el ámbito carcelario, la fotografía es un bien escaso y precioso. Representa aquello que espera en el exterior, es un referente simbólico de la vida detenida en reclusión y en las fotos, pero también un punto de anclaje afectivo de lo que no se detiene mientras transcurre (siempre tan despacio) el tiempo de condena. Al extrapolar esas experiencias al acto fotográfico aparecen aspectos fascinantes de la persona: los que han quedado atrapados en el limbo temporal que media entre libertad, reclusión y liberación.

Disparar una cámara fotográfica es mucho más que un acto mecánico: es la captura de un episodio indeleble de la vida, un tatuaje, la apertura de un espacio de encuentro y de relación. Al abrirse el diafragma, se entra en otra dimensión: ni dentro ni afuera, sino ahora.

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El fotógrafo

En febrero de 2011 entro en la prisión de Picassent con la idea de impartir un taller de fotografía orientado a explorar conceptos de identidad, empatía y creatividad, en el marco de las actividades socioculturales destinadas a una mejor integración social del interno.

Desde el principio intuyo que las posibilidades del proyecto son mucho más amplias: usar la fotografía como herramienta para reconectar con lo que de humano compartimos todos: un pasado y el deseo de ser felices o evitar el dolor. Descontextualizar el material, ofreciendo a la persona la oportunidad de verse, ver y mirar, reconociéndose en las preguntas que surgen de cada retrato, autorretrato o foto de grupo para descubrirse en aquellos aspectos de sí misma que permanecieron invariables tras las circunstancias que precipitaron la reclusión.

A lo largo de la experiencia abandono la mirada de testigo silencioso y veo desaparecer la barrera que protege al espectador de la mirada de aquellos a los que contempla desde una distancia fría y conveniente. Construyo una caja de resonancia en la que pueden escucharse con claridad las preguntas que formulan esos rostros: ¿Cuándo saldré de aquí? ¿Por qué siempre manda el dinero? ¿Cómo será mi futuro? ¿Por qué la justicia es tan lenta? ¿Por qué no es igual para todos? ¿Qué hago aquí?

A pesar de la ruptura de continuidad que implica cumplir todas las normas, instancias, limitaciones y escasez de medios, durante esa cita semanal desaparecen las etiquetas y también el pasado que los ha convocado en este lugar a mirarse mutuamente y a dialogar a través de un objetivo. La cámara establece un nexo, proporciona lo necesario para un juego, una conversación, una reflexión.

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Autorretratos y revelaciones

Si una única fotografía, si un único retrato en un único momento tuviera el poder de definir a una persona para siempre, deteniéndola, cristalizando su crecimiento ¿Qué diría sobre una persona? ¿Hablaría de lo que es? ¿Hablaría de quien cree ser? ¿Hablaría de lo que le han dicho que es? ¿Hablaría de lo que ha sido? ¿Hablaría de lo que aún puede ser? Si todas las etiquetas, juicios y prejuicios quedaran al margen ¿Qué dirían esos ojos? ¿Sería el que los mira un espejo limpio o empañado? ¿Tendría el coraje de permanecer en el vis-à-vis e intimar con la esencia del otro?

¿Tendría el valor de ver al otro en sí mismo?

Un grupo de reclusos la prisión de Picassent, un fotógrafo y unas cuantas cámaras fotográficas se enfrentan a estas incógnitas para retratar un acto de comunidad e intimidad, más que a sí mismos o a los demás. Las facciones empiezan a mostrar su verdadera belleza, sin las máscaras de la cautela habitual, reuniendo la energía necesaria para atravesar el marco y enfrentarse a los ojos ajenos con todo lo que aún espera intacto en su interior.

LOS RETRATOS QUE HICE DE ELLOS

Adrián

Adrián

Ludovic

Ludovic

Chari

Chari

Karim

Karim

Luz

Luz

Juan

Juan

Esteban

Esteban

Miguel

Miguel

Maite

Maite

José

José

Jesús

Jesús

Francisco

Francisco

Pedro

Pedro

Iván

Iván

Nerea

Nerea

VOLVER A VER

Por María José Carchano, periodista.

Rejas. Sopa de rancho. Tiempo. Y personas. Que agachan la cabeza si quieren sobrevivir, que se aferran al placer de una conversación, que ya no saben cómo se cuentan las horas, si por días, por meses o por años. Que han vivido un curso de fotografía como si fuera un paseo por la playa, porque entre las cuatro paredes de la clase, o del patio, se sentían un poco más libres. Con una cámara colgada al hombro, 15 presos le han guiñado el ojo a las rígidas normas de la cárcel, de una cárcel que sí parece cárcel, con el estruendo de las rejas tras de sí al cerrarse, con sus patios de muros altos coronados por miles de pinchos, siempre presente la torre de control, como un ojo que todo lo ve. Juan, José, Luz, Nerea, Miguel. También ellos han visto, a través del objetivo de la cámara, sus propios sueños y miserias. Txema les ha enseñado que una imagen cuenta una ilusión, que se encontraba atrapada en un chabolo, pendiente de un juicio, del primer permiso, de la libertad condicional.

Txema llegó en primavera a Picassent descarnado ante un grupo de presos a los que no conocía de nada. Un curso más para que el tiempo pase rápido. Debía pensar Juan, tantos años por delante sin futuro. Un pasatiempo de quienes fuera quieren sentirse mejor consigo mismos. ¿O no? Un zarpazo de realidad sin cocinar aparece ante los ojos de quien atraviesa los controles por primera vez. Y ya no hay vuelta atrás. Todo cambia tras esas paredes, donde una réplica del mundo exterior hace más patentes las diferencias, el machismo, las desigualdades, el racismo y los delitos. No es lo mismo un violador que un asesino. Los traficantes se creen los mejores porque no matan a nadie en primera persona. O eso dicen. La culpa se diluye. Lo mismo piensan los inocentes y no solo porque no sean culpables.

La droga. La peste que todo lo pudre. Por tráfico, como Karim, por adicciones, como Chari, por diversión, como los jóvenes. Adrián, Miguel, Jesús. Adrián el de los ojos azules, hermético. Miguel, el dulce Miguel. Jesús, cabeza loca. Demasiado pasado que pesa como una losa en la cárcel, siempre esperando. Y mientras el tiempo pasa.

¿Por qué no un curso de fotografía? ¿Qué puede uno perder? Así nos hacemos fotos, debían pensar Pedro, Jose. O Esteban, que ya está fuera. Pero el curso ha sido mucho, mucho más. Ha sido una burguer de un bocado a las diez de la mañana, una foto furtiva al escote de la chica más guapa de la clase, una carrera de Fórmula 1 desde la silla como en el paddock, y una confidencia tras otra, robada a la teoría del photoshop. Ha sido un cigarro a escondidas, unas risas y algunos lloros, dos patadas a un balón y mucho buen rollo. Como el de Ludovic, una sonrisa en la cara y mirada hacia adelante, quién sabe si para no volver a pisar nunca más una cárcel.

Todos hemos cambiado tras el curso. Sería imposible no haberlo hecho. Para ellos, algo más de autoestima. Con un poquito para cada uno de los 15, o para los centenares que pueblan Picassent, bastaría. La autoestima que sólo se consigue sintiéndose querido, y valorado, nunca juzgado. Ya lo hacen otros, la mayoría, de quienes están fuera y también de quienes están dentro. ¿Qué nos llevamos nosotros? Mucho más que ellos. Que la maldad no está entre esos muros, y que la sociedad todavía debe avanzar mucho para ser justa con la gente a la que deja fuera porque sí. Sin explicaciones.

Txema no ha querido juzgarles. Los muestra a través de su objetivo, donde no ponía el ojo sino el corazón, y ha salido un trabajo excepcional. Son personas, las que están tras las rejas. Pero no sólo están ellos. Hay muchos más. Como aquel hombre que se puso su única chaqueta, quién sabe sacada de dónde, dos tallas más grande, llamó a la puerta del aula y pidió ponerse delante de la cámara para tener una foto que enviar a su hijo. No hay muestra de amor más inmensa.

O puede que sí. Que ellos te den las gracias porque un día vas a volver a verlos.

LAS FOTOGRAFÍAS QUE HICIERON ELLOS

Pedro

Pedro

Pedro

Pedro

Pedro

Pedro

Pedro

Pedro

Nerea

Nerea

Nerea

Nerea

Nerea

Nerea

Nerea

Nerea

Miguel

Miguel

Miguel

Miguel

Miguel

Miguel

Miguel

Miguel

Maite

Maite

Maite

Maite

Maite

Maite

Maite

Maite

Luz

Luz

Luz

Luz

Luz

Luz

Luz

Luz

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Ludovic

Karim

Karim

Karim

Karim

Karim

Karim

Karim

Karim

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

Juan

José

José

José

José

José

José

José

José

Jesús

Jesús

Jesús

Jesús

Jesús

Jesús

Jesús

Jesús

Iván

Iván

Iván

Iván

Iván

Iván

Iván

Iván

Francisco

Francisco

Francisco

Francisco

Francisco

Francisco

Francisco

Francisco

Esteban

Esteban

Esteban

Esteban

Esteban

Esteban

Esteban

Esteban

Chari

Chari

Chari

Chari

Chari

Chari

Chari

Chari

Adrián

Adrián

Adrián

Adrián

Adrián

Adrián

NOTAS

  • Las imágenes tomadas por ellos han sido seleccionadas por mi de entre las miles que se realizaron, no han sido editadas de ninguna manera (es decir, se trata de las fotos captadas tal cual por la cámara) y fueron consensuadas con los autores; de modo que están de acuerdo en cada uno de los casos con la elección llevada a cabo.
  • Es posible que, en algún caso, alguna de las fotografías atribuídas a una persona no haya sido tomada por ella. Compartían una cámara entre dos, aunque cada uno tenía su tarjeta y en ocasiones se producían bailes entre estos elementos. A algunos tampoco les importaba mucho ser autores materiales del asunto y, pasado el tiempo, surgían algunas dudas sobre quién disparó y en qué tarjeta. He intentado, en la medida de lo posible, que el reflejo sea fiel habida cuenta de las limitaciones que supone trabajar con un grupo de personas en el interior de una prisión, a alguna de las cuales, de improviso, dejas de ver sin poder hacer nada y sin que nadie te ofrezca explicaciones.
  • Quiero dar las gracias de un modo especial a Lourdes, sin cuya colaboración esto no hubiera sido posible. Ella, que ahora trabaja en otra prisión, supo entender lo que pretendía llevar a cabo y se puso de mi parte desde el primer momento. En ocasiones pasamos por tragos duros y creo que eso nos ha unido para siempre. Del mismo modo me acuerdo de mi compañera (y amiga) María José, que tuvo el detalle de escribir unas líneas sobre esta historia, de interesarse como persona y periodista por ella, y de compartir con ellos y conmigo algunas de las surrealistas aventuras que ocurren entre rejas.

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