Damon Albarn lleva un diente de oro, o una funda dorada, o un trozo de papel de chocolatina pegado. Nunca lo hubiera dicho. Tampoco iba a imaginar que el pijo de Whitechapel iba a comenzar el concierto tirándome el agua de su botella a la cara, aunque este oficio es así, estás en medio; las estrellas te arrojan agua y sus fans los vasos de plástico llenos de cerveza. Es la música, aseguran. Y el oro que todo lo ilumina, que puestos a darle uso bien podrían tomar nota de las dentaduras enteras de los miembros de Public Enemy. Si juntas los piños, relojes, pulseras y anillos te sale un plan de pensiones.
Escribo estas líneas escuchando a todo volumen de The Prodigy, que son el sueño húmedo de Chimo Bayo y lo más parecido a una experiencia infernal. He de tener los timpanos hechos unos zorros, como toda la ropa que da vueltas ahora en la lavadora, digna de avergonzar incluso a la madre más permisiva. Y trato de cerrar este espisodio, el FIB de 2015 (soy muy de cerrar cosas), mientras aún me duran el sueño y el barro de la asquerosa piscina a la que se lanzaban los muchachos y muchachas de la pérfida Albión como si midiera metros de profundidad. Estas gentes tienen mal beber, es cosa conocida. Mientras un tipo que dice ser de Sheffield (no es fácil ser de ese lugar) trata de besarme y una muchacha se empeña en que fotografíe sus pechos no dejo de pensar en el diente de Damon (no voy a mostrar la foto, yo tengo estilo), en las divertidas canciones de Crystal Fighters y siempre en Beth Gibbons, mujer a la que venero desde el primer día.
Y con cuya imagen pongo fin a tanta intensidad sensorial. El centrifugado ha llegado a su fin y las camisetas ya están listas para comenzar de nuevo.
















